Desde hace muchos años en Venezuela creemos en milagros y cuando la esperanza se desvanece, es decir cuando el milagro no se produce, caemos en la desesperanza. Voy a señalar solamente algunos de esos milagros esperados con gran ansiedad, los mas significativos desde mi punto de vista.
La huelga general que se produjo en Venezuela en el año 2002 que fue la mas larga y destructiva que nuestra memoria sea capaz de preservar. Los venezolanos de oposición en aquel momento apoyamos sin limitaciones esa huelga porque “esa huelga sí iba a sacar a Chávez del poder”. El régimen aguantó, uso todos sus recursos y contactos nacionales e internacionales, soportó la huelga petrolera con un estoicismo digno de mejores causas y la huelga se fue desarmando y una oposición descorazonada volvió a su rutina diaria, ni siquiera supimos cuando tanto sacrificio y tanta pérdida concluyeron; el comienzo de la huelga fue ruidoso, su fin fue silencioso.
Luego vino el referéndum revocatorio contra Chávez, con el mismo decepcionante resultado. Después apareció la solución a todos nuestros problemas con “La salida” en 2014. Los líderes María Corina Machado y Leopoldo López serían los salvadores; hubo marchas, manifestaciones, guarimbas, heridos, muertos; los guardias nacionales arrancaron a jóvenes hasta de sus casas y se los llevaron a los centros de detención. El final de esta salvación fallida fue la detención de Leopoldo López quien supuestamente se entregó porque si no lo iban a mandar a matar, es decir, la cárcel le salvó la vida.
Volvió a nuestras vidas la desazón, el fracaso, el desaliento, el enfrentamiento con las dificultades del día a día que cada vez se agravan.
Pero siempre hay alguien que nos viene a rescatar y ha sido Juan Guaidó en 2019 que exactamente el 10 de enero se convirtió además de Presidente de la Asamblea Nacional, en Presidente provisional de la República, y el 23 de enero, frente a miles de venezolanos concentrados en Caracas, millones de venezolanos que lo escuchaban y veían desde todas partes del mundo, todos levantamos la mano derecha y junto con él juramos que cumpliríamos la agenda salvadora: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Todos palpitamos con esa nueva esperanza y creímos, aunque Guaidó nunca lo dijo, que iba a ser fácil y rápido, que Maduro se iría y reinaría la democracia y la felicidad. Han pasado seis meses y eso no ha ocurrido y los venezolanos estamos al borde de una depresión. Ahora en vez de ensalzar su liderazgo, pensamos que tampoco nos cumplió.
Apareció una nueva luz en el oscuro camino de los venezolanos, Michelle Bachelet, que a pesar de la desconfianza que suscitaba su filiación política socialista, iba a denunciar los horrores del régimen, y aunque nadie lo dijo, se sembró la esperanza de que esas denuncias expulsarían al dictador, pero tampoco fue así como se presentaba en el desesperado imaginario de los venezolanos. Ella hizo su trabajo, denunció todo cuanto vio y escuchó e hizo sus recomendaciones y nuevamente se desinfló la esperanza y quedamos todos en la oscuridad, sin perspectiva de solución, sin horizonte a la vista y sin nadie mas que siembre una nueva posibilidad de solución.
Los venezolanos debemos dejar de pensar en salvadores y trabajar día a día por el cambio de la circunstancia política que nos agobia, que se ha convertido en una verdadera tragedia y que el dictador ha demostrado que utiliza todos sus recursos para permanecer en el poder y que este nuevo pulso que enfrentamos entre la barbarie y la civilización será largo y costoso, pero que al final se conseguirá vivir en democracia, no como antes de 1999, sino como la nueva democracia verdaderamente inclusiva.